Boyer ocupó Santo Domingo hace 199 años

Quiero hoy escribir una somera crónica de lo ocurrido un lejano 9 de febrero. Para ello debo hacer un viaje en el tiempo, y ustedes mis caros lectores, están invitados. Pueden acompañarse en esta aventura.

Estamos a 9 de febrero de 1822, hace casi 199 años. Dos siglos después, imaginamos -y reinventamos- aquellos sucesos históricos, en los anales de una menuda pero agitada isla caribeña.

Ese día se estremeció la isla, una tierra amada por Colón y conquistada por bucaneros, piratas y filibusteros, en un viacrucis de siglos que desembocó en un rumbo torcido. Dije que la isla -Quisqueya, Haití o Babeque, Española o Hispaniola, que lo mismo da para el caso- torció su rumbo y su vitalidad.

Jean-Pierre Boyer había sido un gladiador haitiano, testigo y actor de grandes acontecimientos en su país. En realidad, Haití era un volcán social, político, económico y racial. Su guerra de liberación -1791-1804- fue cruenta y ensangrentó a la nación, destruyendo los campos y las fuentes de producción. Puedo decir que Haití se devoró a sí mismo, como Saturno hacía con sus hijos. La revolución -negra y salvaje, cruel y sangrienta- fue una verdadera carnicería humana, con miles de muertos, tanto negros como blancos. Así quedó demostrado que la libertad sale de la oscura boca de la muerte. Para vivir hay que morir.

Los haitianos son hijos de África, ese continente oscuro, hondo y misterioso. Sus raíces ancentrales están allí, en ese laberinto de profundos misterios. Fueron arrancados de su tierra primigenia y esclavizados llegaron a esta. Lo que principió como un dinámico comercio atlántico -con millones de seres encadenados- derivó en una ardiente travesía de mares y pueblos. Las grandes potencias engendraron conglomerados humanos, los diezmaron y los explotaron. Hoy reconocemos que la conquista fue una gran estafa.

Haití fue engendrado con sangre y sudor. En 1804, tenía casi medio millón de negros esclavos, trabajando a sol y látigo en los ingenios azucareros. Era la colonia más rica de Francia: producía toneladas de azúcar, ron y otros productos, cuyos beneficios enriquecían a la cómoda realeza francesa. Esa potencia europea competía y guerreaba no solo con España, sino también con Inglaterra y otros poderes. Así, la riqueza creada por los negros esclavos iba a parar a la corte real y alimentaba al incipiente capitalismo.

Pues bien, decíamos que Haití atravesó esos siglos convertido en tragedia. Sin embargo, era un pueblo en construcción que, finalmente y después de muchos avatares, alcanzó su estatus de nación libre y soberana. Fue la primera nación negra de América y la segunda en el continente, después de Estados Unidos. Se diría que fue la primera de América Latina.

En otro momento analizaré el papel de España, que fue volátil y censurable en más de un aspecto. Ahora quiero concentrarme en Haití y el aquel 9 de febrero.

Los haitianos crearon su identidad propia, su conciencia histórica y su destino patriótico. Se aferraron a su terruño y lo defendieron con el pellejo, hasta dejar sus huesos en ese cementerio de hombres vivos.

Damos un brinquito y caemos en el siglo XIX -o, más exactamente, al inicio de esa centuria trágica y dramática. Haití libra su guerra de liberación, rompe las cadenas de la opresión y se emancipa. Toussaint, Dessalines, Jean-François, todos inspirados en el famoso Mackandal llegan a la libertad. Las huéstes celebran y festejan a tambor de guerra. No existe ya la horrenda esclavitud. Los aires anuncian el nacimiento de una nueva República. La nación se viste no solo de guerra sino también de gala: Himno Nacional, bandera, escudo… los símbolos de la libertad coronan un largo calvario.

Sin embargo, Saturno acecha y obra con sus manos atroces. Los haitianos se enfrascan en luchas fraticidas y dividen a la joven república. Así surgen el reino del Norte, acaudillado por el emperador Christophe o Henri I, y la República del Sur, dirigida por Alexander Petion. Un feudo imperial y un ensayo republicano. El emperador se vuela la tapa de los sesos y muere Petion. Entonces surge Boyer, que primero unifica a Haití y después, animado por sus voraces conmilitones, devora a la parte oriental.

La triste Española acaba tragada y demolida. Fue el 9 de febrero de 1822, hace casi 199 años. Dos siglos después, imaginamos -y reinventamos- la escena. Ante el indetenible avance de Boyer y sus hombres, José Núñez de Cáceres, que había hecho un ensayo de gobierno, capitula y deshace su propia obra. La Independencia efímera fue una improvisación natimuerta; no eliminó la esclavitud. Hay que verla como un resabio criollista.

Fue el 9 de febrero de 1822 cuando le entregó a Boyer las llaves de la ciudad de Santo Domingo. Hace hoy 199 años. Dos siglos después, imaginamos lo que sucedió.-

 

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